domingo, 6 de marzo de 2011

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2011


Ante la inminente llegada de la Cuaresma, reproducimos a continuación el Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2011.

«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Vaticano, 4 de noviembre de 2010
BENEDICTUS PP. XVI

Fuente: www.vatican.va



sábado, 26 de febrero de 2011

D. Santiago Gómez, nuevo Obispo Auxiliar

Un repique de campanas desde la torre de San Eutropio anunció hoy sábado a las dos menos cuarto la ordenación episcopal de Mons. Santiago Gómez Sierra en la Catedral de Sevilla como nuevo Obispo Auxiliar de nuestra Archidiódesis de Sevilla.





Natural de Madrilejos (Toledo), D. Santiago fue nombrado Obispo Auxiliar de Sevilla por S.S. Benedicto XVI el pasado 18 de diciembre de 2010.

En su blasón episcopal figura la frase en latín “Pacificans per sanguinem eius”, tomada del texto de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses, capítulo 1, versículo 20c: “Haciendo la paz por la sangre de su cruz”. Para expresar el espíritu de ese lema en su vida episcopal, D. Santiago ha elegido como pieza principal del escudo, sobre campo de plata, la cruz del Santísimo Cristo del Prado, devoción de su localidad de nacimiento, figurando a un lado el corazón ardiente de la Virgen María, traspasado por la espada y, al otro, las palmas del martirio. También figura la venera de peregrino compostelano, como intercesión a Santigo Apóstol y en alusión también a la que figura en el escudo de Benedicto XVI.

Sus primeras palabras como Obispo Auxiliar, “Padre Santo, conságralos en la verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo” (Jn 17, 17-18) reflejan el ánimo con que emprende la misión que acaba de recibir, al haber sido agregado al Colegio Episcopal por la plenitud del Sacramento del Orden.

Desde este espacio invitamos a todos nuestros lectores a dar gracias a Dios por este gran acontecimiento y a pedirle por nuestro nuevo Obispo Auxiliar.

Recordando las palabras con las que concluía su alocución de esta mañana, pidamos al Señor para que por intercesión de los Santos Obispos de la Iglesia hispalense -San Leandro y San Isidoro y los beatos Marcelo Spínola y Manuel González-, con la ayuda de todos los Santos y Santas del cielo y, singularmente, por la asistencia maternal de la Santísima Virgen María, patrona de nuestra Archidiócesis con el dulce nombre de Virgen de los Reyes y con tantas otras advocaciones tan arraigadas en el corazón mariano de la diócesis, que sepa servir a esta familia de Dios.



jueves, 24 de febrero de 2011

Vídeo Homenaje de Sevilla a Juan Pablo II

Recientemente comentábamos con gran alegría en este espacio la noticia del anuncio de la beatificación de Juan Pablo II para el próximo 1 de mayo.

Tenemos hoy a bien dar cuenta del siguiente vídeo homenaje de Sevilla a Juan Pablo II que fue presentado en el reciente Encuentro Diocesano de Laicos de la Archidiócesis de Sevilla, coincidiendo con las Jornadas Católicos y Vida Pública.



martes, 15 de febrero de 2011

Seminario Menor

En las dos visitas pastorales que nuestro querido Arzobispo, don Juan José Asenjo, ha realizado a nuestra Parroquia de San Eutropio, nos insistió en la necesidad de vocaciones sacerdotales en nuestra diócesis y que esperaba poder volver a nuestro pueblo y con alegría afirmar que había algún seminarista entre nosotros.

Con objeto de cultivar las vocaciones entre los más jóvenes, la Archidiócesis de Sevilla abrirá el próximo mes de septiembre un Seminario Menor. A este respecto, don Juan José Asenjo ha publicado la siguiente carta pastoral que tenemos a bien reproducir:

SEMINARIO MENOR, carta del 13-02-2011

Queridos hermanos y hermanas:

A lo largo del año 2010, en diversas ocasiones y en contextos distintos he ido anunciando la apertura de un Seminario Menor en nuestra Archidiócesis en el próximo mes de septiembre. Estará ubicado en uno de los edificios del complejo diocesano de San Juan de Aznalfarache, junto al monumento al Sagrado Corazón y la casa de Ejercicios de Betania. Será una sección del Seminario Metropolitano de Santa María del Buen Aire y San Isidoro y estará regido por un vicerrector y formador y un director espiritual, bajo la responsabilidad última del rector del Seminario Metropolitano.

Admitiremos alumnos de 2º, 3º y 4º de la ESO y 1º y 2º de Bachillerato, que matricularemos en dos colegios de religiosas muy cercanos al Seminario. En ellos recibirán la formación académica propia de los muchachos de su edad, complementada por la formación peculiar que recibirán en el propio Seminario.

¿Qué es un Seminario Menor? El Concilio Vaticano II lo define como un centro erigido por la Iglesia diocesana para cultivar los gérmenes de vocación de los niños, adolescentes y jóvenes que se preparan mediante una formación religiosa específica y, sobre todo, por una dirección espiritual conveniente, para seguir a Cristo Redentor con generosidad de alma y pureza de corazón (OT 3). En estos momentos tienen Seminario Menor en España 53 diócesis y carecen de él 16. Menorca, Sant Felíu de Llobregat, Santander y Jaén los han abierto recientemente. Sus responsables nos hablan de resultados más que aceptables y en algunos casos sorprendentes, lo cual quiere decir que el Seminario Menor no es una institución arcaica o pasada de moda. Todo lo contrario, la actual penuria vocacional nos está diciendo que hoy es más necesario que nunca. Durante los últimos años la Delegación Diocesana de Pastoral Vocacional de nuestra Archidiócesis ha acompañado loablemente a sucesivos grupos vocacionales de adolescentes y jóvenes, que después han ingresado en el Seminario. Hemos de agradecer a sus responsables la ingente tarea realizada, que a partir de ahora deberá fortalecerse y redoblarse.

Es posible que algunos reciban esta noticia con cierta prevención, poniendo en duda la posibilidad de que pueda darse una verdadera vocación al sacerdocio en la infancia o en los primeros años de la adolescencia. Es posible, incluso, que más de uno piense que el Seminario Menor ejerce una presión indebida sobre psiquismos todavía inmaduros. La experiencia de tantos y tantos sacerdotes, entre los que me cuento, que nos formamos en el Seminario Menor, desmiente esa impresión. El Papa Juan Pablo II estaba convencido de que «la vocación sacerdotal tiene con frecuencia un primer momento de manifestación en los años de la pre-adolescencia o en los primerísimos años de la juventud» (PDV 63). En el nuevo Seminario pretendemos crear un ambiente de familia, de amistad, alegre y juvenil, en el que junto al estudio serio y concienzudo, el deporte, la formación en las virtudes humanas, se cultive también la piedad, iniciando a los seminaristas en el trato y la amistad con Jesucristo, en la devoción filial a la Santísima Virgen, y en la experiencia de la generosidad y el descubrimiento del prójimo, el amor a los pobres y el servicio desinteresado. La dirección espiritual, proporcionada a la edad de cada uno ayudará a los seminaristas a descubrir el plan de Dios sobre ellos, lo que Dios quiere que hagan con sus vidas, de modo que encuentren su propio lugar en la Iglesia.

El nuevo Seminario Menor será inviable sin la ayuda de todos. Por ello, solicito humildemente la colaboración de los sacerdotes. Ellos han de ser los primeros interesados por esta institución. Su amor a Jesucristo, a la Iglesia y a su sacerdocio les impulsará sin duda a descubrir y cultivar los gérmenes de vocación que apuntan en sus monaguillos, en los niños de catequesis y en los jóvenes de sus parroquias, poniéndoles después en contacto con el Seminario. Apelo también a la generosidad de los padres y madres de familia, que deberían considerar un privilegio grande que el Señor se fijara en alguno de sus hijos llamándoles al sacerdocio diocesano. Mi invitación se dirige también a los educadores, profesores de Religión, catequistas y vocales de juventud de nuestras hermandades, que pueden ser magníficos intermediarios entre el Señor que llama y nuestros niños, adolescentes y jóvenes, presentándoles la hermosura de la vocación sacerdotal.

Permitidme que os confiese que sueño muchas veces con un Seminario Menor lleno de jóvenes seminaristas. Desde luego que la ayuda de Dios no nos va a faltar. Tampoco la cercanía y aliento del Arzobispo. Pero es necesaria la implicación y la generosidad de toda la comunidad diocesana. Necesitamos recursos económicos para preparar y vestir el edificio con dignidad. Pero necesitamos, sobre todo, la oración al Dueño de la mies de toda la comunidad diocesana, especialmente de las monjas contemplativas y de los enfermos, para que el Señor bendiga este proyecto y nos conceda muchos, generosos y santos sacerdotes.

Los sacerdotes, padres de familia y los adolescentes o jóvenes interesados en obtener información pueden dirigirse al Sr. Rector del Seminario Metropolitano, C/ Tarfia, s/n. 41012 SEVILLA. Tl 95.423.75.86 y 95.423.74.39.

Con mi gratitud anticipada, para todos mi saludo fraternoy mi bendición.

† Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla





lunes, 24 de enero de 2011

Cortometraje milagro Juan Pablo II

Con gran alegría recibimos hace escasamente dos semanas la noticia de que el Papa Benedicto XVI beatificará a Juan Pablo II el próximo 1 de mayo.

La causa de Juan Pablo se inició antes de lo habitual gracias a una dispensa pontificia, debido a la imponente fama de santidad de la que gozó Juan Pablo II en vida, en la muerte y después de la muerte, habiéndosele atribuido y reconocido a Juan Pablo II el milagro de curar de la enfermedad de Parkison a una monja francesa, Marie Simon Pierre.

A este respecto, tenemos a bien publicar un resumen de un cortometraje titulado Milagros, rodado en 2007 por Javier Figuero, como homenaje a Juan Pablo II, que narra la historia de una niña parapléjica, de carácter arisco y difícil, que pide a sus padres que la lleven a la capilla donde se venera a Juan Pablo II para que la cure.

La cinta nos muestra la grandeza y la belleza del misterio de la fe y de la espiritualidad, y explica lo inexplicable a través de personajes reales, alrededor de Juan Pablo y de esta monja francesa.

En el corto, el padre de la niña protagonista es un es un profesor de universidad ateo, siendo la madre una persona de profundos sentimientos religiosos que reza a Juan Pablo II por la curación de su hija, lo que supone un conflicto matrimonial.






domingo, 23 de enero de 2011

Misa de Acción de Gracias

Mañana martes 25 de enero, a las 19 horas, se celebrará en nuestra Parroquia de San Eutropio una misa de acción de gracias, presidida por nuestro Arzobispo, don Juan José Asenjo, con motivo de la finalización de la restauración de la capilla sacramental tras el incendio acaecido hace ya algo más de un año, durante el adviento de 2009, y que a Dios gracias no tuvo mayores consecuencias.

A la finalización de la santa misa se procederá al traslado del Santísimo Sacramento al Sagrario de la Parroquia, quedando de este modo reinagurado tras el proceso de restauración.

Desde estas líneas, el Foro Cristo de la Vera Cruz anima a todos sus lectores a participar de la misa, en este importante día en el que, además, tendremos de la dicha de recibir a nuestro querido Arzobispo.





viernes, 14 de enero de 2011

Reunión de Formación, viernes 21 de enero

El próximo viernes 21 de enero, a las 21:30 horas, se celebrará la cuarta reunión de formación del curso, dirigida por nuestro párroco, Don Andrés.


lunes, 20 de diciembre de 2010

FELIZ NAVIDAD




El Foro Cristo de la Vera Cruz desea de todo corazón a todos sus lectores unas muy felices y santas fiestas de Navidad, en la paz y en la alegría de Jesús Niño recién nacido, y un año 2011 lleno de bendiciones del cielo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Navidades austeras y solidarias

Reproducimos a continuación la reciente carta pastoral publicada por nuestro querido Arzobispo, don Juan José Asenjo, con fecha del próximo 19 de diciembre, último domingo de adviento, de la que destacamos la invitación que nos traslada para acoger a Cristo en los pobres, a colaborar especialmente con Cáritas y a vivir unas fiestas de Navidad austeras y solidarias.

ACOGER A CRISTO EN LOS POBRES, Carta del 19-12-10.

Queridos hermanos y hermanas:

De acuerdo con el informe de Caritas Española y la Fundación Foessa sobre Familia, infancia y privación social, sigue habiendo en España 8,5 millones de pobres, es decir, entre el 19 y el 20 % de la población. De ellos 7,5 millones padecen una pobreza moderada, mientras un millón son víctimas de una pobreza extrema. Según este informe, 1,8 millones de niños están por debajo del umbral de la pobreza, mientras un 3 % padecen una pobreza severa. El estudio advierte que la paulatina reducción de la pobreza, que venía siendo una constante en las últimas décadas, nos sólo no se ha detenido, sino que se ha incrementado como consecuencia de la pavorosa crisis económica que padecemos.

Las frías cifras que nos ofrecen las estadísticas tienen rostros concretos, nombres y apellidos. Cualesquiera que sean las causas de su situación, son personas que sufren, que no tienen trabajo, que pasan hambre y frío, que en ocasiones carecen de vivienda, de luz eléctrica y de medios para promocionarse culturalmente. Es evidente que este triste panorama nos interpela a todos, a los responsables políticos, a la sociedad y también a la Iglesia y a los cristianos.

Estamos ya en vísperas de Navidad. Todo indica que, como en los años anteriores, van a ser muchos los que van a intentar secularizar el sentido religioso de estos días santos. Desde hace semanas, los reclamos publicitarios nos invitan al derroche y al consumismo desenfrenado, que solapa y secuestra el Misterio y ofende a los pobres. Por ello, os invito a vivir unas Navidades austeras, pues la alegría verdadera no es fruto de los grandes banquetes ni de los regalos ostentosos. Nace del corazón puro, de la buena conciencia y del encuentro cálido con el Señor, que viene a transformar y a plenificar nuestras vidas. Vivid también unas Navidades solidarias. El Señor viene a nuestro encuentro también en los pobres, en los pequeños, en los que no cuentan, en los débiles y desfavorecidos, en los que carecen de lo necesario para su sustento, en quienes han perdido la esperanza, porque la sociedad no les da motivos para tenerla. En la liturgia del Adviento el profeta Isaías nos recuerda que el Señor viene a “enjugar las lágrimas de todos los rostros”. Y lo quiere hacer a través nuestro. Sólo así “celebraremos y nos gozaremos con su salvación...” (Is 25, 9-10). Esto quiere decir que sólo disfrutaremos de la alegría auténtica de la Navidad quienes, movidos por la caridad de Cristo, nos acerquemos a los pobres poniéndonos de su parte y en su lugar, compartiendo con ellos nuestros bienes, viviendo también muy cerca de los inmigrantes, de los enfermos y de los ancianos que viven solos.

Una forma práctica y segura de ejercer la caridad con los pobres es a través de Caritas Diocesana o de las Caritas parroquiales, de las que todos nos debemos sentir orgullosos. Conozco y aprecio el esfuerzo que estas instituciones están haciendo a través de sus programas de asistencia a enfermos y desvalidos y de sus proyectos de empleo y lucha contra la exclusión social. Valoro también los planes de formación del voluntariado acerca de la identidad eclesial de Caritas, el impulso que está dando al Fondo Diocesano de Comunicación Cristiana de Bienes y todos los programas que tratan de robustecer la esperanza vacilante de los pobres. Agradezco además el trabajo de los voluntarios de la sede diocesana y de las Caritas parroquiales.

Invito a todos los fieles de la Diócesis a colaborar con nuestras Caritas siempre, pero especialmente en estos días. En la sinagoga de Nazaret el Señor nos declara el núcleo más genuino de su mensaje cuando nos dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí: me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, para proclamar la liberación de los cautivos, devolver la vista a los ciegos y liberar a los oprimidos…” (Luc 4,18). Esta fue la tarea del Señor en su vida histórica entre nosotros y es también la tarea que quiere realizar a través de sus discípulos, que en el tiempo de la Iglesia debemos cumplir esta Escritura, siendo testigos del amor de Dios por el hombre, que de forma tan cercana y visible se hace patente en los misterios que celebramos en Navidad.

En nombre de los pobres, agradezco a los directivos, técnicos y voluntarios de Caritas su entrega, su defensa de la dignidad de la persona humana y su servicio a los necesitados. Cuidad siempre las raíces sobrenaturales de vuestro compromiso caritativo, puesto que, como nos dice el Papa Benedicto XVI, “...quienes desempeñan el servicio de la caridad en la Iglesia han de ser personas movidas ante todo por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo...”.

Para todos, mi saludo afectuoso y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla


martes, 7 de diciembre de 2010

INMACULADA


Mañana día 8 de diciembre celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción, dogma definido por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, que proclama que María Santísima «fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano».

Se da, además, este año la circunstancia de que se cumplen 250 años de la proclamación de la Inmaculada Concepción como Patrona de España, bajo el reinado de Carlos III, después de que éste y otros muchos reyes lo hubieran solicitado repetidamente. María Inmaculada fue proclamada Patrona de España por el papa Clemente XIII, mediante la bula “Quantum Ornamenti”, de fecha 25 de diciembre de 1760.

Con motivo de la festividad de la Inmaculada Concepción, nuestro querido Arzobispo don Juan José Asenjo publicó hace pocos días una interesante y enriquecedora carta pastoral que por su interés reproducimos a continuación.

INMACULADA, Carta del 05-12-10.




Queridos hermanos y hermanas:

El próximo miércoles celebraremos con todo esplendor en nuestra Archidiócesis la solemnidad de la Inmaculada Concepción, dogma definido por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854. El núcleo del dogma proclamado en aquella fecha, que todos los católicos debemos creer, afirma que la Santísima Virgen «fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano».

La Concepción Inmaculada de María es una de las obras maestras de la Santísima Trinidad. En la plenitud de los tiempos, Dios Padre quiere preparar una madre para su Hijo, que se va a encarnar por obra del Espíritu Santo para nuestra salvación, para hacernos hijos adoptivos, para que seamos santos e irreprochables ante Él por el amor (Ef 1,4-5). Y piensa en una madre que no tenga parte con el pecado, no contaminada por el pecado original y libre también de pecados personales, limpia y santa. La Concepción Inmaculada de María es consecuencia de su maternidad divina. Nadie más que Jesús ha podido diseñar el retrato interior y exterior de su Madre y, por ello, pudo hacerla pura, hermosa y «llena de gracia» (Lc 1,18), como hubiéramos hecho cualquiera de nosotros si hubiera estado en nuestra mano elegir las cualidades de quien nos ha dado el ser. Este privilegio excepcional es el primer fruto de la muerte redentora de Cristo. Mientras el común de los mortales somos liberados del pecado original en el bautismo por el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado, María es preservada del pecado aplicándosele anticipadamente los méritos de su sacrificio redentor.

Aquí encontramos la razón de su plenitud de gracia, de la ausencia durante su peregrinación terrena de pecados personales y de cualquier desorden moral. Este es el fundamento también de los demás privilegios marianos, entre ellos su Asunción en cuerpo y alma a los cielos. En María aparece de forma esplendorosa la victoria total de Cristo sobre el pecado y la muerte. En este sentido, María es la primera redimida, la más redimida, el fruto más acabado y hermoso del sacrificio pascual de Cristo, la «redimida de modo eminente» como la califica el Concilio Vaticano II (LG 53).

Esta verdad, definida por el Papa Pío IX, es una de las que más hondamente han calado en el alma del pueblo cristiano, cuyo sentido de la fe, ya en los primeros siglos de la Iglesia, percibe a la Santísima Virgen como «la sin pecado». La conciencia de que la Virgen fue concebida sin pecado original se traslada a la liturgia, a las enseñanzas de los Padres y de los teólogos. En el camino hacia la definición, pocas naciones han contraído tantos méritos como España.

En el siglo XVI son muchaslas instituciones, que hacen suyo el «voto de la Inmaculada ». Universidades, gremios y cabildos e incluso ayuntamientos juran solemnemente defender «hasta el derramamiento de su sangre» los privilegios marianos, especialmente el de la Inmaculada Concepción. La conciencia de que María fue concebida sin pecado estalla en la época barroca, en la pluma de nuestros mejores poetas, en los lienzos de nuestros más inspirados pintores, en las tallas de nuestros más esclarecidos escultores e imagineros y, sobre todo, en la devoción de nuestro pueblo.

Por ello, no es extraño que en España se viviera con singular regocijo y alegría la definición dogmática por el Papa Pío IX. Nuestra Archidiócesis no queda a la zaga en la defensa del privilegio de la Concepción Inmaculada de María. A partir del Renacimiento, en su honor se erigen cofradías, se celebran fiestas religiosas y salen a la luz numerosas publicaciones que defienden la limpia Concepción. A mediados del siglo XVII, son muchas las instituciones sevillanas, civiles y religiosas, que se imponen la obligación de jurar la defensa de esta hermosa doctrina en los actos de toma de posesión de sus cargos. Fruto de este fervor mariano son los cientos de cuadros y tallas bellísimos dedicados a la Inmaculada en uestra Catedral y en todas las iglesias de la Archidiócesis, aspecto éste que llama poderosamente la atención de quienes venimos de otras latitudes geográficas.

La tradición inmaculista no debe perderse entre nosotros. Por ello, para estar a la altura de nuestros predecesores en la fe, vivamos con hondura la fiesta de la Inmaculada Concepción. Contemplemos largamente las maravillas obradas por Dios en nuestra Madre. Alabemos a la Santísima Trinidad por María, la obra más perfecta salida de sus manos. Felicitemos a la Virgen y, obre todo, imitémosla luchando contra el pecado y viviendo en gracia de Dios. Pidamos a Dios, con la oración colecta de esta solemnidad que Él que preservó a María de todo pecado, nos conceda por su intercesión llegar a Él limpios de todas nuestras culpas.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición. Feliz día de la Inmaculada.

† Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla